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Nace una amistad
No pod�an ser tan distintos, lo �nico cierto que ten�an en com�n eran los hijos. Ella, maestra de primaria en una escuela rural y de buena familia, ellos, sus vecinos, peones del campo en tierra ajena y sin esperanza de cambio.
Los d�as pasaron, mientras los ni�os se turnaban para ir a jugar a las respectivas casas, el �hola que tal�, irreverente entre adultos, dio paso a un dialogo m�s amistoso, mientras los hijos romp�an sus normas, sus reglas sociales, ellos los adultos, manten�an la distancia de clase.
Un d�a se not� el cambio f�sico en la Vecina, el cuerpo de aquella mujer, se regocijaba alterando, creando redondeles, ensanchando el cuerpo para acomodar en sus entra�as, la nueva vida que lat�a euf�ricamente.
Aquel acto inigualable de la creaci�n divina que se estaba desarrollando en las entra�as de la vecina, en vez de traer la alegr�a deseada, llenaba a los inquilinos de aquella humilde vivienda de preocupaci�n.
La suerte que para otros es normal, los tres tiempos de comida, ropa que cambiar, una cama suave donde recostar los agotados huesos, era la lucha constante que ten�an a diario y la noticia del embarazo, vino a cuestionar la escasez de recursos econ�micos y en vez de agradecer la bendici�n divina, les asust� la idea de mantener otra boca.
En medio de tantas preocupaciones y signos de mal presagio, la alegr�a en los ojos de aquella mujer era un brillo que embellec�a su rostro gastado, donde se acomodaba el dolor y la desilusi�n como arrugas por montones.
Hered� los pa�ales y la ropa que hab�a sobrepasado de tama�o el hijo menor de la Maestra, muchas de las barreras sociales que no se hab�an atrevido a cruzar, cayeron ante la solidaridad compartida entre madres. Es como si el instinto de la maternidad fuera hermosamente contagioso. En pago a esa nueva amistad, la vecina, le pidi� a la Maestra, que le bautizara a su ni�o, y que si era mujercita, le pondr�an si se lo permit�a, el nombre de la Maestra: Carmen, Carmencita.
La sorpresa fue �nica para la Maestra, nunca nadie le hab�a pedido ser madrina en un bautizo, entend�a la seriedad del acto y por tanto, sent�a la inseguridad y el miedo a lo inesperado, pero al mismo tiempo, le invadi� la necesidad �ntima que al compartir y aceptar dicha petici�n, asumir�a responsabilidades que se derivaban de la nueva amistad.
Para la vecina, el horario de trabajo y el desgaste f�sico no cambi�, m�s bien empeor�. Al despuntar todas las ma�anas, la humilde vivienda abr�a sus ventanas y puertas al nuevo d�a. La madre, los dos hijos mayores y el padre, emprend�an la marcha so�olienta hacia los cafetales ajenos, donde un horario de casi 12 horas sin descanso les esperaba. El estado de embarazo, no enriqueci� la dieta, las ojeras se le clavaron m�s profundas, la piel m�s oscura al dejar expuesto tristes huesos, testigos neutrales de la mala alimentaci�n a que estaba sometido el cuerpo de la vecina.
Y as�, muy temprano, un mi�rcoles de lluvia y truenos, naci� la criaturita, atada al cord�n umbilical de la muerte. Un saco de hueso, con los ojos entumidos, boqueaba el aliento en busca de vida en cada respiraci�n.
De aquella casa a oscuras, no se escuch� ninguna entonaci�n de alegr�a, ning�n acto de j�bilo para celebrar el nacimiento del nuevo miembro de la familia, m�s bien, un horrible manto silencioso irradiaba dolor hasta en el �ltimo rinc�n de la humilde vivienda.
Para la mujer, la rapidez y el triste desenlace con que se estaban desarrollando los acontecimientos, la ten�a acorralada en el dolor y la frustraci�n. El no saber qu� hacer o d�nde guardar todas estas emociones, producto del embarazo y su ansiedad frustrada de madre, el no poder imaginarse el nuevo d�a sin la alegr�a de la espera, mezclaba con el dolor de la ausencia que pronosticaba tragedia para la humilde familia, se le acurrucaba en la mirada de miedo.
El esposo, no dec�a nada, yac�a en una esquina del cuarto, tratando de esconder las l�grimas, con los recuerdos tristes de su padre, cuando sin m�s emoci�n, y sin entusiasmo de mentir, le dec�a: �Los pobres no tenemos el mismo derecho a procrear�. Mientras echaba la �ltima palada de tierra sobre la tumba del hijo y hermano, que hab�a nacido, para morir el mismo d�a. Esa fue la �nica vez que vio a su padre derrumbarse entre l�grimas y dolor.
La abuela cobij� a la reci�n nacida, dejando en la oscuridad de su tristeza a la madre y se encamin� hacia la casa de la maestra.
� Lo prometido es deuda -le dijo la abuela a la maestra-. Hay que bautizar a la ni�a, lo m�s pronto posible.
La maestra al principio no entend�a la urgencia del momento, pero cuando le mostraron a la criaturita, un suspiro de sorpresa y dolor le vino desde muy adentro. Emprendieron el camino hacia la casa de Dios, con los primeros rayos del sol.
Frente al altar de la Virgen del Socorro, dio comienzo la ceremonia. S�lo la voz del Cura, murmurando la oraci�n, y la respiraci�n de los presentes se escuchaba. Apenas dio por terminado el ritual del bautizo, la criaturita abri� los ojos, hizo esfuerzo para respirar y se apoder� de su cuerpecito un ligero temblor que cedi� al dejar escapar el �ltimo suspiro.
El vecino abraz� el peque�o cuerpo sin vida, mientras lloraba sin consuelo, la abuela se secaba las l�grimas con c�lera mientras dec�a.
� �Si Dios fuera madre! ...Si Dios fuera madre, entender�a el dolor de ver a un hijo morir.
� �Mam�! �No mam�! -con las dos manos agarraba con fuerza el delantal para enjugarse las l�grimas.
� �No qu�, hijo? A ver, expl�came, �qu� sabe un hombre del dolor de parir y ver morir a tu criaturita de hambre al nacer? �Ah? D�game usted Padre -vvolvi�ndose en direcci�n al Cura mientras levantaba agitando los brazos hacia el cielo-. �Verdad que no es lo mismo parir a un hijo, experimentar en carne propia el dolor que desgarra tu cuerpo desde lo m�s profundo de tu vientre para darle paso a esa vida que creci� en tus entra�as, que el soplo simple y divino, de un Dios, que lo puede todo?
El silencio tr�gico del momento era como agujas clavadas en los corazones de los presentes. La expresi�n de desconsuelo y confusi�n en el rostro del Cura iba en aumento ante la mirada de fuego de aquella mujer sumida en el dolor y su incapacidad humana y fr�gil de poder cambiar los acontecimientos, produciendo estragos devastadores en el Cura, sacudiendo desde muy adentro los cimientos donde se sosten�a su fe y sus creencias religiosas, y sin darse cuenta se encamin� con el dolor del momento, y dej� traslucir sus propias dudas.
� �Si Dios existiera! -poni�ndose las dos manos sobre la cara, mientras agachaba la cabeza y sollozaba-. �Si Dios existiera! No habr�a raz�n ni motivo, para ver morir de hambre a los ni�os pobres. Al terminar su reclamo, el hombre cay� de rodillas, sus horas como Cura estaban contadas, la Fe le fue insuficiente y su mundo se desplomo ante la cruda realidad.
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