Arte Nicaragüense

Chepeleón Argüello

Moclín


No se le conocían amigos por ningún lado, siempre andaban él y su sombra merodeando los cafetales. Más que feo, era incomodo de mirar. Flaco, pálido, como si alguna enfermedad lo agobiara. Su forma de caminar y el balanceo de sus extensos brazos que parecían tocar el suelo, simulaba el andar de un primate.

Pero no era por su fealdad exterior que la gente desconfiaba. Había en su comportamiento algo que causaba enojo y hasta repulsión. Desde temprana edad, rondando la niñez, empezó a mostrar una conducta anormal. Al principio su padre lo castigaba con rudeza, pero de nada servían los golpes y las amenazas; cuando menos lo esperaba, volvía a sus andadas.

Y fue así, cuando cumplía los quince años, el mal que le aquejaba, si es que existía enfermedad en tal proceder, rompió los muros del secreto y salió a la calle escandalizando a todos. Espiaba a las mujeres en los caminos solitarios y se les desnudaba. Otras veces se disfrazaba vistiendo ropas íntimas femeninas. Además, hacía uso de otras desviaciones inconcebibles para la mentalidad del pequeño pueblo, y así se ganó, por aprobación de la inmensa mayoría, el apelativo de Moclín.

Un día, inesperado para él, llegó la denuncia ante el Sargento del pueblo, sobre el infame comportamiento del jovenzuelo. Su padre, con tristeza aceptó que lo recluyeran en una celda por dos semanas, creyendo que con el nuevo escarmiento, el cipote, le serviría como lección y cambiaría.
Al salir de la cárcel, Moclín volvió a sus andadas…


II. Diez años más tarde…

La Chica Fernández es mujer que armoniza con el trabajo y el deber de cuidar a seis hijos, sin un marido que le eche el hombro. Nunca se casó, ni le hacía cosquilla la idea. Siempre dijo que los hombres eran buenos para dos cosas: beber guaro a lo pendejo y preñarla. Y según ella, no estaba para mantener borrachos ni parir más hijos.

Una mañana de diciembre, la Julieta, de once años e hija de la Chica Fernández, llegó a su casa corriendo y asustada, como si el mismo diablo la viniera siguiendo.

― Ideay niña. ¿Qué te pasa? –le preguntó la Chica, su mamá.
La niña todavía asustada se asomó por la ventana, mostrando en sus ojos negros de noche el miedo. ― ¡Hablá niña! ¡Hablá mi amor! – insistía la Chica.

Afuera de la casa se hacía un tumulto de gente. La Chica Fernández se asomó a la calle sin comprender la algarabía. Una veintena de vecinos armados con palos y machetes traían de empujones y golpes al Moclín. En sus ojos de madre, el brillo del horror se le prendió como un tizón encendido, los malos pensamientos se le hacían un nudo en la boca del estomago. Se acercó al cuerpecito tembloroso de su hija, lo estrechó con fuerza y medio tartamudeando empezó a decir:

― A ver mi amor, cuénteme, ¿qué paso? –preguntó con ojos suplicantes, y miedo a escuchar lo peor de los labios infantiles.
A como pudo, la Julietita empezó a contar lo sucedido.
― Vea usted mita, iba yo, con la María, la hija de doña Juliana, sobre los rieles rumbo al Mercado a dejar los encargos de doña Nila, en eso, de entre los matorrales, así de sorpresa se nos echó al camino el Moclín, sin un trapo encima y tocándose allí –ella señalaba sus partes sexuales–. Que nos iba a dar reales si lo seguíamos al monte y no le decíamos a nadie.

¡ Ej...! –Le dijo la Maria–. ¿Vos que crees? ¿Que somos guanacas? Y seguido le hizo la guatusa y dale a correr.
― Y vos ¿qué hiciste niña? –le preguntó la Chica angustiada.
― ¡Hay mami! Me dentro un miedo por un ratito, pero no se de dónde agarré esa fuerza, y con la pana del tiste, le pegué en la jupa y me eché a correr hasta llegar a la casa.
La Chica Fernández, abrazo a su hija con todas sus fuerzas y miedo, y con su delantal le limpiaba las lágrimas, mientras trataba de consolarla.
― No llore más mi amor, no llore, que para eso tiene a su mama, para que la defienda. Ya lo va a ver –y haciendo las dos cruces la Chica le juraba mientras le decía:
― Este Moclín, no va a volver a asustar a nadie. Se lo juro mi amor ¡Creármelo!
Desde la calle la gente le gritaba:
― ¡Chica! ¡Chica! Aquí tenemos al Moclín. ¡Vení! ¡Corré! ¡Corré!
En lo que la Chica abría la puerta de su casa, la mamá de la Maria, doña Juliana, llegó con una raja de leña y ¡juaz! le dejó ir un guazmazo en el lomo al Moclín, y seguido, los vecinos que le dan de las suyas. Aquel fulano chillaba a grito partido, como mica alazada, mientras dos de los vecinos lo agarraban de los brazos, imposibilitando sus movimientos. Cuando los curiosos vieron a la Chica fuera de la casa, se hizo un silencio como de velorio, todos esperaban la retahíla de golpes, insultos y desahogo. Pero no, se equivocaron, con una calma nunca vista y sin enojo, la Chica les pidió que se lo llevaran al Sargento. El desapruebo fue colectivo, todos le pedían que lo colgaran, que lo descuartizaran o que a golpes y leñazos lo mataran para evitar en un futuro cercano una tragedia peor.

En medio del alboroto llegó el Sargento con su acostumbrada autoridad militar haciéndose paso entre la gente, y como era de esperar para todos y no para el Sargento, se armo el despelote, nadie lo querían dejar pasar. En el ambiente los ánimos ardían. Con y sin Sargento, lo querían linchar. Y bangan delante del Sargento le caen encima otra vez al Moclín. La cosa se le ponía peluda al Sargento. Y cuando nadie se lo esperaba, la voz de la Chica se hizo escuchar, les pidió calma, que no se sofocaran y que le entraran al Moclín al Sargento, para que la justicia se hiciera cargo del culpable.
Con disgusto lo soltaron, no sin antes darle de pescozones, salivazos, pellizcos y hasta patadas en el culo. Nadie entendía la razón o el motivo que llevó a la Chica a tomar tal decisión, pero a fuerza de conocer su carácter arrecho, desistieron.

Ya estando dentro de la casa, la Chica sentó en sus piernas a su hija y le dijo:
― Recuerde lo que le dije –y le dio un besito en los cachetitos, con la ternura más bonita que se había visto.


III. Dan, Darán, dicen las campanas

Casi un año estuvo preso el mentado Moclín. Durante esos meses se le vio por las tardes limpiando el parque, desmejorado, se rumoraba y con seguridad, que en la cárcel eran constante las vergueadas que le daban entre los presos y los guardias. Cuando llegó la hora de darle su libertad, buscó refugio en su casa y ni por joder asomaba la nariz.
Así paso una semana, un mes, de pronto se volvió como un fantasma; con costo rondaba el mercado para hacer los mandados.

Una mañana de diciembre, para ser más exactos, un año después de la desventura del Moclín, el pueblo despertó en medio del alboroto, la gente se había amontonado a la salida del pueblo en dirección a los rieles.
― ¡Mita! ¿Qué habrá pasado? –preguntó Julietita a doña Chica.
–Mita, ¡mire! Allá afuera parece que todo el pueblo está de curioso.
― ¡Quién sabe niña! Metete para adentro y ponele la aldaba a la puerta.

Doña Chica siguió barriendo el patio como si nada pasara. Al ratito golpearon la puerta de su casa, la niña abrió y se encontró de golpe con el Sargento y una pelota de vecinos y curiosos. ― ¿Está tu mama Julietita? –preguntó el Sargento.
― Sí, Sargento. –dijo la niña–. ¿Para qué la quiere?
― Decile que soy yo, que quiero hablar con ella.
― Ya se la llamo pues.
La Chica salió secándose las manos con el delantal.
― ¡Si Sargento! ¿En qué puedo servirle?
― Chica, ¿ya te distes cuenta? –dijo el Sargento, pelando los ojos asustados, como chivo ahorcado. ― ¿Cuenta de qué? Que no ve que estoy ocupada y no he podido salir a curiosear –le contestó la Chica.

― Al Moclín lo arrastró el tren y lo mató.
― ¡Bendito sea! ¡Yyy...! ¿Yo qué tengo que ver pues? –dijo la Chica.
― ¡No sé! ¿No tenés algo qué contarme Chica?
Afuera a los curiosos no les gustó el tono de la conversación y tomaron una actitud en defensa de la Chica. Comenzaron los insultos contra el Sargento, amenazas y se arremolinaban en actitud peligrosa. Siempre en el pueblo se dijo que el Sargento era un hombre duro, acostumbrado a todo, pero nunca se había topado con todo un pueblo levantado y en busca de motivos para partirle la vida. Intimidado comenzó a sudar intensamente y en su propio nerviosismo echó mano a su pistola mientras decía:
― ¡Eh! ¡...No jodan! Respeten la autoridad. El que me venga con mates valurdes, aquí nomasito me lo palmo.
Y desde muy atrás del molote, una voz le grito.
― Sargento, ¿cuántas balas tiene su zanate?
― ¡Ji! ¡Ji! –se echaron todos a reír.
― ¡Puta! ¿Usted cree, que va a salir con el pellejo libre?
El gentío lo seguían intimidando, haciendo sonar los machetes y palos, caldeando los ánimos. El Sargento estaba asustado, el bullicio de la gente, seguía aumentando como zumbido de abejas. Ya no sólo sudaba, las patas le temblaban, tenía ganas de salir corriendo al excusado, y el corazón parecía que se le iba a salir.
― ¡Sí, jodido! Aquí nomás lo dejamos tilinte como al Moclín.

Todos se reían menos el pobre Sargento. Pero la Chica lo sacó del aprieto. Sin mostrar emociones en su rostro de madre, habló con el Sargento:
― Mire Sargento, a mí, no me venga con esos sus cuentos e insinuaciones. ¿Me oye?
― Yo no te he acusado de nada Chica –la interrumpió el Sargento.
― ¡Aaah... jodido! ¿Ahora se me echa para atrás? No se haga el olvidadizo, recuerde que cuando los vecinos querían linchar a su Moclín… Usted lo sabe bien, usted estaba presente, una palabra mía y lo hubieran matado a leñazo enfrente de usted, irrespetando su autoridad. Pero, No. No fue así. Yo les pedí que la justicia se hiciera cargo, y ya ve pues, dan darán dicen las campanas, justicia se ha hecho.
― ¡Sí...! –grito la pelota de gente.
― Lo que vos digás Chica, lo que pasa es que se me hace raro, que el tren lo agarró, desnudo y dormido en los rieles. Ni que fuera tan pendejo él maje. A mí se me hace...
― ¿Qué se le hace Sargento? –no lo dejó terminar la Chica–. Ya déjese de cuentos y babosadas, si tiene algo cierto que decir. ¡Dígalo jodido!
La Chica se veía alterada, de los orificios de la nariz, le salía un ruidosito al respirar con enojo, y restregaba amenazante en el delantal, una y otra vez.
― Mejor que quede así –dijo el Sargento, asustado por las caras del gentiíllo y la arrechura de la Chica y dio la vuelta derrotado.

Apenas emprendió su marcha hacia el cuartel, la gente empezó con aplausos para la vencedora. La mamá de la Marillita la abrazó, nadie dudaba de la participación de la Chica, pero no se atrevían a decirlo. En los ojos de los curiosos se mostraba el morbo pueblerino, queriendo alimentarse con los detalles más mínimos de lo acontecido, pero la Chica Fernández, los dejó enchilados. Cerró la puerta de su casa ocultando para siempre la realidad de los hechos, creando un misterio del que todavía se habla en el pueblo.

Dentro de su casa, la Julietita se le acercó. La Chica la abrazó con fuerza y mientras jugaba con la cabellera larga de su niña, le susurró al oído:
― Se acuerda que hace mucho, le dije yo que para eso estaba su mama, para protegerla, ¿ah?
― Si, mita, yo me acuerdo –le dijo con tono suave la niña.
― Pues no se preocupe mi amor, que ese condenado no va a volver a molestarla –y la abrazó con fuerza.

La Chica Fernández, es una mujer arrecha, que no le debe a nadie, ni le ve la cara a ningún pendejo, y si tienen dudas, pregunten en el pueblo, lo que le pasó al tal Moclín.

Chepeleón Argüello



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